La práctica de calcular la huella de carbono no es antigua, pero ya ha cambiado y se ha adaptado a las nuevas demandas y tecnologías. Descubre la historia de la medición de la huella de carbono en este artículo.

Los humanos siempre supieron que sus actividades tenían un impacto en la Tierra y sus recursos, pero no fue hasta la década de 1990 que surgió el concepto de «huella». En ese momento, los investigadores comenzaron a hablar de nuestra «huella ecológica», que representaba nuestro uso de los recursos en comparación con la capacidad de la Tierra para renovarlos. Hoy en día, este concepto se entiende bien gracias al Earth Overshoot Day, el día en que se agotan todos los recursos que el planeta puede producir en un año y comenzamos a vivir de los recursos futuros. Este año, el Earth Overshoot Day cayó el 28 de julio, unos días antes que en 2021 y casi un mes antes que en 2005.

El nacimiento de la huella de carbono

El concepto de huella de carbono nació como parte de la huella ecológica, como un indicador de nuestro impacto en la Tierra. Pero la idea ganó popularidad en 2003 cuando la compañía de petróleo y gas BP lanzó una campaña publicitaria preguntando a la gente en la calle cuál era su huella de carbono. El anuncio alentaba a las personas a calcular su huella de carbono personal, utilizando la calculadora de BP, para encontrar formas de reducirla, con el lema «Es un comienzo».

Debido a eso, el enfoque de la huella de carbono se mantuvo en gran medida en los individuos, a pesar de que las empresas (y especialmente las empresas de petróleo como GP) emiten niveles de emisiones mucho más problemáticos. En 2015, con la firma del Acuerdo de París, los gobiernos pudieron analizar datos precisos sobre la huella de carbono de sus países y el foco pasó a las empresas. Hoy en día, gran parte del escrutinio público y regulatorio con respecto a la huella de carbono recae sobre las corporaciones, y los activistas denuncian regularmente la hipocresía de campañas como la de BP.

El descubrimiento del calentamiento global

Los científicos descubrieron que los niveles de dióxido de carbono en la atmósfera podrían cambiar el clima de la Tierra en el siglo XIX, cuando investigaban qué había causado la Edad de Hielo; fue entonces cuando nació el término «efecto invernadero». A principios del siglo XX, los científicos suecos Arvid Högbom y Svante Arrhenius fueron los primeros en estimar la cantidad de CO2 emitido por la quema de carbón y en advertir sobre el efecto de calentamiento de un aumento de las emisiones.

Pero sus teorías fueron vistas con mucho escepticismo hasta la década de 1950, cuando la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría crearon la necesidad de alta tecnología militar, lo que llevó a un aumento de la financiación gubernamental para la ciencia. La comunidad científica descubrió que los mecanismos que pensaban que previnían el calentamiento global (como el efecto absorbente del océano) no eran lo suficientemente efectivos y que las emisiones ya habían aumentado mucho más rápido de lo que se pensaba. Aún así, sus advertencias fueron ignoradas, mientras la industrialización se aceleraba.

Solo en la década de 1990, la gente comenzó a prestar más atención a lo que los científicos decían sobre el clima y a pedirle a sus gobiernos que tomaran medidas. El apasionado discurso de Severn Cullis-Suzuki sobre el cambio climático en la Cumbre de Río de 1992 es un claro ejemplo de este cambio.

Medición de la huella de carbono corporativa

A medida que el cambio climático se convirtió en una preocupación cada vez más central en las conferencias internacionales, ciertas empresas pioneras comenzaron a calcular y divulgar el impacto ambiental asociado con sus actividades o productos. Patagonia fue uno de los primeros en realizar una encuesta de su huella ambiental en 1991, y ahora la compañía planea ser neutra en carbono para el 2025, mucho antes que la mayoría. Desde la década de 2010, la cantidad de empresas que calculan y divulgan su huella de carbono ha aumentado drásticamente y, en la actualidad, se ha convertido en un requisito impuesto por los reguladores o inversores en la mayoría de los países.

La forma en que las empresas calculan su huella de carbono es bastante simple: multiplican cada una de sus actividades con el ‘factor de emisión’ de esa actividad. Pero la precisión de este cálculo ha evolucionado mucho en los últimos años, a medida que se dispone de más datos.

En 2001 se publicó el Protocolo de Gases de Efecto Invernadero, después de una década de desarrollo. Estableció estándares y reglas para el cálculo de las emisiones de carbono según sus alcances: emisiones directas (alcance 1), emisiones por uso de energía (alcance 2) y emisiones indirectas (alcance 3). A día de hoy, el GHG Protocol sigue siendo la herramienta más utilizada por las empresas para calcular su huella de carbono.

Calculadoras de huella de carbono

A pesar de basarse en una fórmula sencilla, el cálculo de la huella de carbono es un ejercicio complejo, especialmente para las empresas. Es por eso que, en general, contratan expertos o consultores ambientales para evaluar las emisiones de GEI en todas sus operaciones. Pero a medida que mejoran los datos y nuestra capacidad para procesarlos, este ejercicio se vuelve más fácil de automatizar.

Por ejemplo, ClimateTrade ofrece calculadoras de huella de carbono específicas del sector para movilidad, aerolíneas y edificios, habiendo digitalizado los puntos de datos incluidos en el GHG Protocol. Esto significa que las empresas simplemente tienen que ingresar datos en la calculadora para saber cuál es su huella de carbono. En los próximos años, esperamos que las calculadoras automáticas sean cada vez más precisas y especializadas en diferentes sectores, convirtiéndose en la opción preferida por las empresas.

Independientemente de cómo realicen sus cálculos de la huella de carbono, las empresas deben auditar el resultado para garantizar la precisión, antes de poder divulgarlo a los reguladores y tomar medidas para reducir y compensar su impacto.